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La Escuela
Escuela de la Orientación Lacaniana

La barrera invisible
María Cristina Giraldo (Medellín)

Alguna vez le dije a Judith que me avergonzaba no saber francés, porque era una limitante en mi función en Colofón, y me preguntó: "¿Y por qué? Yo no sé español, pero lo hablo y lo escribo y no me da ninguna vergüenza". No conocí nada que le pusiera un límite al trabajo con Judith, y los idiomas jamás serían la excepción. Cuando me sorprendo de que la transferencia con mis colegas atraviese, muchas veces sin darme cuenta, la barrera invisible de los idiomas, siempre recuerdo que eso, como tantas otras cosas, me lo enseñó Judith. Le encantaba la sonoridad de los dichos porteños, que soltaba así, sin más: "¡Qué bárbaro!". Cómo nos divertimos trabajando con nuestra querida "parisina porteña" como le decíamos con afecto. Lo bárbaro es haberla tenido cerca. Y es que Judith es nuestra y de cada uno, de los que trabajamos con ella y aún de los que no lo hicieron, pero les fue imposible no causarse en lo vivo de su orientación. Quienes hicimos parte de las bibliotecas siempre pudimos contar con Judith en las actividades, en los proyectos, en las invenciones, en los impasses, en lo cotidiano del devenir de las mismas. Judith dignificó en acto al trabajador decidido de la Escuela de Lacan. Ella lo fue siempre. No le importaba la notoriedad, sí el trabajo, la orientación y la acción lacaniana en el Campo freudiano.