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La Escuela
Escuela de la Orientación Lacaniana

Judith M.
Graciela Brodsky

La muerte de Judith Miller nos lleva inevitablemente a evocar esos momentos únicos – y ahora irrepetibles- que atesoramos a lo largo de los años compartidos. Para algunos su sonrisa, para otros su tenacidad. O su mirada, tal azul como el detalle azul que nunca faltaba en su atuendo. Algunos evocan su dulzura, otros su intransigencia. La recuerdan por la puerta que nos abrió, por el fuego que nos pidió, por el café que compartió, por las charlas sobre las cosas más importantes y sobre la vida cotidiana que nos regaló. Algunos evocamos a la Judith que nos llenaba las maletas de libros que transportábamos de un lado al otro del Océano, la que compraba insumos para Cuba, la que nos esperaba con una flor. Desde hace ya doce días Judith se multiplica hasta convertirse en la Judith de cada quien, esa que llevaremos con nosotros hasta el final.

A esa Judith de todos y de cada uno hoy quiero recordarla por lo que ella encarnó para mí: el Campo Freudiano.

La escuché hablar por primera vez del CF allá por los '80, en Caracas.

"He sido invitada a hablar ante ustedes por ser la Presidenta de la Fundación del Campo Freudiano de París. Debo admitir que no es un título fácil de llevar, y no quisiera presentarme ante ustedes como un aparatchik. Voy a tratar de demostrarles que la función que me ha tocado desempeñar entraña el que me sienta amenazada por ella [...] Pero si logro explicarles esta noche lo que es el campo freudiano, se darán cuenta de que su índole misma se opone a que yo sea un aparatchik.

Para entender cuál es su dimensión creo que habría que tomar al pie de la letra el término campo freudiano. Un campo, tanto en español como en francés, es ante todo, un terreno en su acepción más agrícola: es el terreno que se cultiva. No es un terreno en el que se construye un edificio o un rascacielos para obtener rentas. Es un terreno en el que se cosecha lo que se siembra, en el que lo sembrado dará frutos sólo si se hace lo necesario para que sea fecundo, es decir, si se le proporciona abono". [1]

Judith, la de Bielorrusia, la de Cuba, la de Argelia, la de Armenia, la del Este y la del Sur, encarnó como nadie la atopía de ese Campo Freudiano en el que sabía hacer brotar la causa analítica. "La atopía de la causa analítica" fue el nombre de una intervención suya en las octavas Jornadas del Campo Freudiano en España: "Ahora nos toca a nosotros hacer oír la atopía de la causa analítica en relación a las normas jurídicas institucionales de los Estados, sabiéndola sostener en la Escuela. [...] no es porque el discurso analítico sea diferente, que puede tener el derecho de no preocuparse ni del discurso del amo ni del discurso universitario" [2].

Pero la atopía fundamental de Judith fue la de hacer presente cada vez, sin ceder en nada, el lugar del no analista en la Escuela: "El lugar del no analista en la Escuela es, antes que nada, apostar por algo exterior al análisis que pueda serle útil. La inquietud de toda institución es ocuparse de su boutique y cerrar sus puertas. Para que la institución sobreviva es necesario que abra sus puertas. Ésta es la primera función del no analista. En el seno de la Escuela es importante que exista el no analista como un punto interior que permanece con una oreja exterior" [3].

Eso fue Judith: el lazo entre la institución analítica y el mundo exterior. El puente y, al mismo tiempo, el obstáculo vivo contra "el apego [de los psicoanalistas] a cada uno de sus grupos, prefiriendo preservarse a sí mismos y a sus logros antes que tomar el riesgo de responder públicamente sobre la manera de contribuir a la causa analítica y sus efectos" [4].

Como no analista, tenía una mirada para nada complaciente sobre los psicoanalistas, conocía mejor que nadie lo que el grupo analítico le deparó a su padre y no condescendió jamás al falso semblante de los reconocimientos tardíos. Luchó a brazo partido contra las difamaciones de R, contra la venta de la Rue de Lille. Llevaba consigo una determinación que no dejaba lugar para las excusas y que la llevó a consagrarse, sin ilusión pero con un deseo sorprendentemente decidido, a una causa que orientó su vida y sus actos.

Leo con emoción sus textos, hallados por azar en este diciembre triste, y pienso que todavía estamos lejos de sacar las consecuencias de lo que su vida nos enseña.

 

NOTAS

  1. J. Miller, El Campo Freudiano, Analítica no 6 y 7, Escuela del Campo freudiano de Caracas, 1985, pág. 53.
  2. J. Miller, La atopía de la causa analítica, uno por Uno 18/19, Mayo / Junio de 1991, pág. 13.
  3. J. Miller, Cuatro preguntas, más una. Entrevista publicada en Uno por Uno 25/26, Marzo /Abril de 1992, pág. 42
  4. J. Miller, La atopía de la causa analítica, en op. cit, pág, 13.