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La Escuela
Asamblea y Congresos Ordinarios

XXIX Asamblea Ordinaria de la EOL
 

Discurso del Director entrante: Fernando Vitale
29 de noviembre de 2019

Discurso del Director entrante: Fernando Vitale

Para empezar una advertencia, no se si será el ultimo, pero les aseguro que este es el primer discurso de director entrante que me ha tocado escribir en mi vida. Sepan disculpar entonces mi falta de oficio al respecto. Se me ocurrió ponerle un titulo: Una cuestión preliminar.

Que puedo decir sino comenzar por agradecer la confianza y expresar que es un honor para mi asumir hoy en esta Asamblea -y frente a la presencia de la presidente de la AMP: Angelina Harari, del secretario de la AMP: Jésus Santiago y del mismísimo Eric Laurent- el cargo de director de la Escuela de la Orientación Lacaniana, Escuela a la que ingrese como adherente desde su fundación misma hace ya 27 años solo unos pocos meses después de haber comenzado mi ultimo análisis.

Inimaginable para mi pensar en esta escena años atrás.

Como casi todos saben, mi designación como director adjunto casi coincidió por muy pocos días de diferencia con mi nominación como AE. Recuerdo que uno de los mails de felicitaciones que recibí, fue el de Leonardo Gorostiza, quien me decía que le parecía excelente que el próximo director de la Escuela fuera un AE, y que seguramente iba a poder experimentar en el tercer año de enseñanzas cuando me tocara asumir como director titular, que ocupar el cargo de director junto con la posición y el trabajo de AE, lejos de ser agotador, me iban a resultar vivificantes.

No sé porque será, pero desde hace ya unos cuantos días, cada vez que me levanto temprano por las mañanas me pongo a releer a veces hasta en voz alta, el venturoso mail que me enviara Leonardo.

Otros -entre los que se encuentra mi esposa- me felicitaron diciéndome ¡Que ganas! Y yo pensaba, es verdad -¡que ganas! ¿no? - pero eso, se me transformaba inmediatamente del ¡que ganas! inicial a un, si, pero ¿ganas de qué?

Tengo que confesar que mi pequeña ambición, no es otra que mis ganas de incidir en la medida de mis posibilidades en los síntomas que acompañan la vida de nuestra Escuela.

¿Pero como osar hablar de síntomas -podría decir un observador descuidado- cuando todo lo que emprende nuestra Escuela desde cierta perspectiva resulta siempre exitoso?

Para empezar: Tenemos una lista de colegas que hacen fila para ser aceptados como miembros ansiosos por comenzar a pagar su cotización mensual sabiendo que pueden asistir en forma gratuita a la mayoría de las actividades que aquí se realizan,

-¡cosa de locos! -como quien diría- uno de esos enigmáticos goces que provoca el psicoanálisis de la orientación Lacaniana.

Continuo: a pesar de las dificultades económicas jornadas nacionales que organizamos, jornadas que se llenan de colegas de todo el país y de países vecinos que quieren participar para escuchar lo que allí se dice, lo mismo con las jornadas de carteles a lo que podríamos agregar un etc.etc. etc.

Y, sin embargo, pienso realmente que una cosa no resulta contradictoria con la otra. No nos engañemos, no es por ser extremadamente idealistas que inventamos síntomas donde no los hay, sino que lo que nos hace localizar síntomas que ningún prefecto de policía podría siquiera vislumbrar aun escaneando milimétricamente todo lo que aquí se realiza, es porque lo que nos orienta es el idealismo de querer constituir una Escuela de psicoanálisis nada más ni nada menos que en el sentido de Lacan.

Es porque algo de ese deseo nos habita que todavía -y por suerte- podemos seguir localizando lo que nos separa de dicho ideal.

Pero ¿que es una Escuela en el sentido de Lacan?

Como ha enseñado Miller, una Escuela en el sentido de Lacan es el lugar donde hay que inventar constantemente los medios para evitar ser arrastrados hacia la pendiente natural que -aunque parezca paradójico- cualquier agrupación de psicoanalistas lleva hacia lo que Lacan llamó la SAMCDA; es decir, hacia su transformación en una Sociedad de ayuda mutua contra el discurso analítico. Recuerdo aun hoy el impacto que me produjo en su momento la lectura del texto “Intervención sobre el mutualismo”. Expuse algo acerca de ese impacto hace ya varios años en un ciclo de Noches organizadas por Ricardo Nepomiachi sobre Política Lacaniana de la que se editó una publicación bajo el título “Qué política para el psicoanálisis”. A mi trabajo lo había llamado “Dos lógicas del acto”.

Dice Miller en ese texto, que, si el grupo analítico va hacia el mutualismo, la burocracia y la jerarquía de igual modo en que los ríos van al mar, es porque lo que lo trabaja desde el interior es una lógica y eso es algo que va mas allá de las buenas o malas intenciones de las personas.

Si la Escuela está siempre bajo la amenaza del grupo, es porque lo que llamamos grupo es la manera de estar juntos bajo la lógica del Todo. Eso no es raro, es lo mas natural del mundo. Los raros somos nosotros que- se supone- aspiramos a otra cosa. Pero ¿por qué? Porque cuando reina la lógica del todo, el discurso analítico se va ausentando paulatinamente y uno de los síntomas que eso provoca es que se lo empieza a extrañar.

Ese es el verdadero problema y no la referencia a lo ineliminable de la fecunda pluralización de las transferencias. Respecto de eso sabemos que anhelar su liquidación o su reducción a 0, es la canallesca operación con la que no deja de soñar nunca el discurso universitario.

Por ejemplo, se preguntaba Miller allí, ¿en que se diferencia la asamblea de una Escuela en el sentido de Lacan de la asamblea de cualquier asociación de profesionales liberales, que se agrupan bajo determinado numero de representantes, para defender intereses y rivalizar para ver como se reparte la torta de la manera menos conflictiva?

¿Somos tan ingenuos para creer acaso que eso no ocurre entre nosotros?

No podría no ocurrir, aunque es verdad que la torta en cuestión puede tomar a veces las formas más irrisorias que no creo sea de buen gusto exponer a cielo abierto,sobretodo en presencia de invitados.

Se suele reducir eso diciendo que son cuestiones puramente imaginarias, si, pero a no confundirse, es el imaginario que sostiene la lógica del todo.

Si una Escuela en el sentido de Lacan se redujera a esa lógica, seguramente los conflictos podrían resolverse en mejores términos, pero el problema es que el conjunto en cuestión ya no valdría más un pito dice también Miller. ¿Pero no valdría más un pito para que? Para la causa analítica.

Como decía Lacan el Todo es una noción de valor porque lo que produce es la puesta en equivalencia que permite reducir cualquier valor de uso al puro valor de cambio y ese es el modo en que se mide el goce en moneda fálica.

Pero hay que volver a extrañarse. ¿Que podría mantenernos juntos que no fuera eso?

A esa lógica no se trata de denunciarla dado que eso no hace mas que hacerla consistir, sino que se trata dice Miller de interpretarla.

¿Pero que es interpretarla sino inventar los recursos para introducir allí el vacío que permita hacer resonar una otra cosa? Yo tengo la certeza que esa otra cosa, no es sino lo que hizo que cada uno de nosotros se embarcara algún día en esta aventura. Para la otra tendríamos que haber elegido otro camino, ¿es así o no es así?

La grieta de fondo es que la lógica del todo tiene siempre horror al no todo que encarna el síntoma, lo siente siempre peligroso y como un ataque personal a su integridad.

Creo, sin embargo, que, si no nos asustamos tan rápido dejando que la palabra pueda desplegar un poco más sus argumentos antes de cerrarlos precipitadamente en una significación hostil, algunos fantasmas podrían comenzar a vaciarse un poco.

Salir por un instante de la lógica del todo no significa dispersarse en la nebulosa sino hacer posible que cada uno en su soledad incomparable experimente sin embargo eso que nos anuda en la experiencia colectiva real que implica dedicarnos a sostener la causa analítica. Tengo para mi que eso se siente, aunque últimamente más que nada como ausencia.

Es la cuestión del affectio societatis del que habló Diana Wolodarsky en su discurso de hace dos años donde ya había señalado con mucha precisión este punto.

Entre esas dos lógicas del estar juntos, hay que saber que lo que hay no es relación ni dialogo sino síntoma y malentendido.

Sepamos entonces alojar al síntoma de la buena manera sabiendo que no se trata de hacerlo desaparecer sino de servirse de él para desembrollarse.

Entiendo que es a eso a lo que se refiere la expresión subjetivar la Escuela.

Anhelo que junto con los colegas que me van a acompañar en esta aventura y que son Mónica Gurevicz en Secretaria, Alejandra Loray en Biblioteca, Viviana Mozzi en Carteles y Esteban Stringa en Tesorería, podamos contribuir en lo que nos toca en esa apasionante tarea.

Dejé las propuestas para el final porque no creo que ninguna actividad en si misma permita avanzar en el sentido deseado.

Como también ha dicho Miller, lo que verdaderamente se debería enseñar en una Escuela es la transmisión de un no saber localizado -subrayemos el localizado por supuesto- del que podría surgir un deseo específico y eso es algo que por definiciónva en contra de los semblantes del SSS. Ese ropaje que antes de la fundación de la EOL, Miller decía que había que dejar afuera antes siquiera de querer entrar.

Hemos pensado proponer reintroducir en las Noches del directorio las Noches clínicas siguiendo un tema a lo largo de cada uno de estos dos años. Pensamos dedicar un año al tema de la actualidad de la cuestión de la interpretación y otro al de la transferencia.

Por otra parte, para ir en contra de lo que Miller llamó el olvido de la interpretación,pensamos proponer también dedicar las Noches de la orientación Lacaniana a trabajar algunos textos de Miller que constituyeron verdaderas interpretaciones en la vida política de nuestras escuelas.

Para terminar. Ahora que lo pienso mejor-y gracias a que me vino a la mente la querida imagen de aquel músico ingles oriundo de la ciudad de Liverpool al que sin duda todos Uds. conocen-considero que el título que más conviene a estas palabras que acabo de pronunciar es otro: Imagine.

Muchas gracias.